Una de las lecciones más importantes que he aprendido es cómo enfrentar las situaciones difíciles de la vida. Muchas veces creemos que la solución está en pensar más, insistir más o esforzarnos más. Damos vueltas a un problema una y otra vez, buscando respuestas, intentando controlar aquello que está fuera de nuestro alcance.

Yo mismo he tratado de manejar ciertas situaciones de cientos de maneras diferentes, buscando la estrategia correcta, las palabras correctas o el momento adecuado. Pero hoy debemos comprender algo distinto.

La mejor manera de enfrentar una situación difícil es detenerse. Respirar. Sentarse en silencio y orar. No una oración apresurada o distraída, sino una oración verdadera, con la mente y el corazón plenamente presentes ante Dios.

Una oración en la que podamos decir con humildad: “Señor, no sé cómo manejar esto.” Porque muchas veces nuestra humanidad no nos permite ver más allá de lo que sentimos, pensamos o tocamos. Estamos limitados por nuestros miedos, nuestras heridas y nuestras emociones. Queremos resolverlo todo con nuestras propias fuerzas, cuando en realidad existen demasiadas cosas que no controlamos y que nunca dependerán de nosotros.

Hay circunstancias, decisiones y corazones que pertenecen únicamente a Dios. Por eso, en lugar de insistir, exigir o tratar de cambiar a los demás, quizás la respuesta sea mucho más sencilla:

“Padre, ayúdame.”

Ayúdame en mi dolor.

Ayúdame en mi sufrimiento.

Ayúdame a ver lo que no puedo ver.

Ayúdame a actuar con sabiduría.

Ayúdame a aceptar aquello que no puedo cambiar.

Y, sobre todo, ayúdame a confiar en Ti. Porque la paz comienza cuando dejamos de cargar solos aquello que nunca fuimos llamados a cargar. Comienza cuando dejamos de aferrarnos al control y colocamos nuestras preocupaciones en las manos de Dios.

Hoy mi oración es sencilla: “Señor, yo no sé cómo manejar esto. Pero Tú sí. Guíame. Sosténme. Y enséñame a confiar plenamente en Ti. “